Si estás leyendo esto, es porque de alguna manera te cruzaste con mi trabajo. Y eso ya es raro, ¿no? Quiero decir, yo soy solo Franco. Un tipo que pinta paredes. O al menos, así empecé. Y a veces, cuando miro hacia atrás, me pregunto cómo putas llegué hasta aquí.
Porque la verdad, y que no se entere nadie, pero esto de ser “Franco Arsita, precursor del graffiti colombiano”… a mí me da un poco de vértigo. ¿Precursor? Yo solo era un pelao’ con las manos manchadas de pintura, escapándome de la policía y tratando de dejar mi marca en un mundo que parecía no verme. No había ninguna intención de “precursor” en ese entonces, solo rabia, necesidad de gritar, de existir. Miedo también, un montón de miedo a no ser suficiente, a que lo que hacía fuera una mierda, a que nadie entendiera nada.
Y luego está el “Sr. Frijol”. Ay, el puto “Sr. Frijol”. Todavía hoy me pregunto de dónde salió ese personaje. Un frijol con patas, en serio. ¿Qué clase de idea es esa? Pero ahí está, dando vueltas por la ciudad, por el país, incluso por otros países. Y la gente lo reconoce, lo quiere, se conecta con él. Y yo… yo sigo sin entender muy bien por qué. Es como si esa pequeña caricatura, nacida de la nada, tuviera más vida propia que yo a veces. Y me da una mezcla de orgullo y de… no sé, de pudor. Como si hubiera puesto un pedazo de mi alma más vulnerable a caminar por las calles.
INK Crew, APC… sí, pandillas. Suena fuerte, ¿verdad? Pero en realidad son mi familia. Los que entienden este lenguaje de la calle, este código de honor entre los que pintamos muros. Con ellos no hay poses, no hay máscaras. Somos hermanos de pintura, compartiendo la misma pasión, el mismo sudor, la misma adrenalina. Y también los mismos miedos, aunque no lo digamos en voz alta.


















“Graffiti Bricollage”… le puse un nombre elegante, ¿no? Pero es solo mi forma de decir: “Ey, miren, esto no es magia, no es cosa de genios iluminados. Es trabajo duro, es ensayo y error, es aprender a crear con lo que tienes a mano“. Porque en la calle no hay reglas, no hay materiales perfectos, solo la necesidad de expresarte y la voluntad de hacerlo con lo que sea. Y si puedo enseñar eso a otros, si puedo inspirar a alguien a agarrar una lata y a contar su propia historia en un muro, entonces algo de todo esto habrá valido la pena.
Lo de Italia, Suramérica, Europa… a veces me pellizco para ver si estoy soñando. ¿En serio, yo? ¿Pintando en festivales internacionales, recorriendo el mundo con mis latas? Es como si el pelao’ que pintaba a escondidas en Bogotá se hubiera colado en una película que no le correspondía. Y me siento un poco impostor, la verdad. Como si en cualquier momento me fueran a descubrir y a decir: “Ey, tú, ¿qué haces aquí? Este no es tu lugar”. Pero luego respiro hondo, agarro el aerosol y sigo pintando. Porque al final, lo único que sé hacer bien es esto: pintar.
Las exposiciones, los muros, las cifras… sí, ahí están. En mi currículum, supongo. Pero la verdad, todo eso me da un poco igual. Lo que realmente me importa es la conexión. Si mi trabajo te hace sentir algo, si te provoca una emoción, si te hace pensar, aunque sea por un segundo, entonces ya gané. Porque el arte, para mí, no es un objeto bonito para colgar en una pared. Es un puente, una forma de hablar sin palabras, de conectar almas, de compartir lo que llevamos dentro.
Y lo que yo llevo dentro, a veces es un caos. Dudas, inseguridades, miedos… pero también pasión, rabia, esperanza. Y todo eso lo vomito en los muros, lo transformo en colores, en formas, en personajes. Y si eso te llega, si te resuena, si te hace sentir menos solo en este puto mundo… entonces, quizás, todo esto tenga un poco más de sentido.
Así que sí, soy Franco. Un tipo que pinta paredes. Y a veces, todavía no me creo ni mierda todo lo que ha pasado. Pero aquí sigo, con mis latas, con mis miedos, con mis sueños. Desnudo ante ustedes, esperando que algo de lo que hago les toque el corazón. Porque al final, de eso se trata, ¿no? De conectar, de sentir, de saber que no estamos solos en esta locura llamada vida.